viernes, octubre 13, 2006

Demolición

Hoy vi cómo demolían el edificio de enfrente del mío, donde ahora hay un enorme vacío, y en un futuro no muy lejano habrá una casa. La industria de la construcción es verdaderamente fascinante. Un capricho repentino y ¡pum!, años y años de historia pueden volverse polvo en un instante.
Los obreros trabajaban incansablemente, transpirando como cerdos mientras le daban toda su vida a ese nuevo presente que empezaba a armarse. Un capataz daba indicaciones enérgicamente mientras contemplaba con satisfacción y un cierto estupor la magnitud de semejante mazacote voraz que encerraba a la vez tanta destrucción y tanto cambio.
Y yo tan sólo me paré en la otra vereda, mirando cómo el cemento se resistía a caer, para luego entregarse vencido al suelo; mirando cómo una nube blanquecina y hermosa empezaba a formarse y a subir hasta cubrirlo todo. Disfruté tanto de aquel espectáculo urbano improvisado, y cuando la escena comenzó a quedarse quieta me inundó una emoción enorme e increíble.

Uno es nada más y nada menos que escombros. Cada tanto delira en sueños y se anima a jugar al constructor y a armar su edificio de deseos, de proyectos, de imágenes posibles, de algún tipo de felicidad. Dueño de sí mismo, uno es el obrero, el capataz, el inversionista, el inquilino. A veces ambiciona un piso de la re puta madre, con pileta, gimnasio y salón de fiestas. Y otras veces simplemente le alcanza con un dos ambientes para diseñar el paraíso mínimo donde respirar el propio aire.

1 Comments:

Blogger Andrés said...

Bueno, el tópico es el mismo que el otro post, "Lo barato de la felicidad".. no?

Y sí, creo que usted tiene razón. En dos ambientes entran muchos kilos de frutillas. Más de las que incluso podemos comer. O más de las que, a veces, nos merecemos.

octubre 15, 2006 12:47 a. m.  

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