jueves, mayo 21, 2009

Borrón y cuenta vieja

Me acuerdo cuando empecé séptimo grado en un nuevo colegio. Tenía ganas de otros aires y muchas fantasías esperando por contrastarse con la realidad. Pero por sobre todo tenía la certeza de que lo que me estaba dando la vida era una preciada oportunidad, la carta blanca para reinventarme y aparecer como una diva ante mis flamantes compañeros, con ropa más copada, una personalidad más encantadora y un apodo instaladísimo que me quedara mejor que mi nombre dicho a secas, perdido entre tantos otros nombres en la lista de mi escuela primaria.

Pero la mala noticia me la dio mi ortodoncista: mi dentadura no había reaccionado a los aparatos fijos como lo habíamos esperado, así que iba a tener que dejarme la boca de Robocop durante medio año más. ¡La tragedia! Vi cómo mis planes de ser una versión 2.0 de mi misma se derrumbaban ahí mismo.
A ese primer indicio lo siguieron muchos otros, y entonces me entregué a la certeza de que la historia –cómo toda esa ropa nueva que hasta hacía un rato me había parecido interesante e innovadora– no iba a hacer más que repetirse. Yo venía de una experiencia bastante poco feliz: era varonera, no demasiado femenina y menos diplomática todavía, de manera que las nenas de mi grado me ignoraban convenientemente, mientras que a los varones el cariño genuino que me tenían les quedaba nublado bajo el tremendo pavor de vincularse con una chica con bastantes inquietudes y un incipiente par de tetas. Una primaria de soledad, en fin, que se nutrió de mis manías originales y engendró muchas nuevas, dibujando un historial reproducido hasta el infinito de relaciones problemáticas con los grupos. Probablemente porque fuera una inadaptada, o una inconformista, o simplemente una pendeja insoportable, pero la verdad es que los hechos estaban bien claros, y me revelaban que dónde quisiera que fuera, yo seguiría siendo yo.

Ni en la isla de Lost los fugitivos dejan de escapar, los estafadores de engañar, los cirujanos terminan con su complejo de salvador, ni los torturadores dejan de provocar dolor a sus circunstanciales víctimas. Y esto ocurre porque la tabula rasa es una idea ficticia, que no existe ni ayuda, una mentira que nos decimos a nosotros mismos y les contamos a los demás para creernos el mito del progreso e intentar salir de este delicioso y poético infierno circular que es la propia vida.
Somos, en cambio, un libro lleno de páginas escritas; somos el resultado de nuestra historia. Somos, por sobre todo, autoreferenciales y soñadores ilusos que cometen una y otra vez los mismos errores, pero como adorables estúpidos siguen intentando luchar contra los molinos de viento de su propia existencia.
Estamos empeñados en hacer el borrón, pero la cuenta es siempre vieja.

Escapate todo lo lejos que quieras, pero vas a llevarte a vos mismo en tu mochila. Y entonces el marido que te engaña, te va a seguir cagando, aunque su nueva amante sea pelirroja en vez de morocha; la amiga que habla por atrás dejará de criticarte el culo y se despachará con tu vestido; tu hijo vago lavará la pila de platos, pero dejará toda la grasa pegada; y en tu nueva relación cometerás los mismos errores de la última, como juraste y perjuraste que no te iba a volver a pasar.

Qué se le va a hacer. Acá estamos, somos esto, desde acá trabajamos. Alguien dijo alguna vez que lo que llamamos estilo es la suma de los defectos. Será cuestión de aceptar (que no es lo mismo que resignarse) y dejar de intentar cambiarlo todo.
En lugar de eso, cambiar algo, quedarnos con lo otro, sonreír con brackets, amar con miedo, vincularnos con manías, coger con celulitis. Es eso: no cambiar todo, sino mostrarnos al mundo con todo lo que tenemos, lo terrible y lo hermoso, en fin: lo nuestro.

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8 Comments:

Blogger Luli said...

con toda mi sensibilidad femenina a flor de piel y con todo mi yo, arranco la mañana con un gesto de acepatación al terminar de leer esto y con los ojos llenos de lágrimas.

Me gustó mucho, como siempre.

Un beso.

mayo 21, 2009 11:00 a. m.  
Blogger lula said...

Muchas gracias, Luli
Tu emoción emociona
Abrazo

mayo 21, 2009 12:48 p. m.  
Blogger Valeria said...

Estas son las cartas que nos tocaron, creo que solo es cuestión de saber como jugarlas.

Muy lindo lulet!

mayo 21, 2009 7:45 p. m.  
Blogger Penelope said...

Sale "cambiar todo" y entra "aceptar lo que todo lo que no puedo cambiar"? Me parece sano....muy sano. Lindo post Lula, lindo. Sabes que comprendo las miserias de una infancia aborrecible, tal vez por distintas circunstancias. Pero seguramente eso nos hizo más fuertes y más nosotras...¿no? Aceptar lo que no puedo cambiar....

mayo 24, 2009 5:04 p. m.  
Anonymous Fede said...

Vivimos pisando nuestras propias huellas, es raro.
Yo me doy cuenta más y más, conforme pasan los años, que me repito en mis errores, y en mis aciertos también.

Es dificil a veces sentirse bien teniendo errores, porque los maniáticos muchas veces lo son por perfeccionistas y tal vez, solo tal vez, esa sea tu mochila.-

cariños grandes.
te leo

mayo 26, 2009 5:19 p. m.  
Anonymous Fd said...

Me siento el Attila El Huno del blog...
paso y mueren los posts...

mayo 28, 2009 9:33 a. m.  
Anonymous luz said...

me re gustó esta entrada

mayo 28, 2009 9:40 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Cada día que pasa me pregunto: ¿por qué no te busco y ya?!?

junio 09, 2009 1:07 a. m.  

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