sábado, noviembre 07, 2009

No te olvides nunca que...

...las personas no somos Legos. Si querés armar algo, vas a tener que aceptar las incongruencias

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lunes, agosto 10, 2009

Hay días en que uno se despierta un poquito con-ser-va-dor

A: - A lo hecho, pecho.
B: - Y al pecho?
A: - Lecho.
B: - Y al lecho??
A: - Techo!
B: - ...
A: - Uf.



* A, era yo

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viernes, julio 31, 2009

Sentidos opuestos

Para los hombres es tan fácil pasar de "se la quiero presentar a mi vieja" a "me la quiero coger" como para las mujeres lo es realizar el recorrido inverso.
Sospecho que mientras que lo segundo es producto de la sobre-exposición a películas románticas baratas (efecto inflador), lo primero tiene su origen en el instinto primigenio cazador-recolector del homo erectus (quiero A, consigo A, consumo A, desecho A, quiero B...)
En el sentido opuesto, lo difícil es que un hombre busque un huequito para pasar el invierno y encuentre una compañera. Y si una mujer se despoja de la fantasía de tener y se dedica a ser/estar, a) es muy genia y cazó la onda; b) es muy cínica y un día se va a despertar llorando (no se despojó un carajo); o c) miró muuuucho Sex and the City

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sábado, julio 18, 2009

En la Cosmo no te lo dicen

La culpa no es del chongo, sino de la que le da de comer

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martes, junio 30, 2009

Ciencia exacta

La vida es el promedio entre los planes que nosotros queremos hacer con alguien(es) y los planes que alguien(es) quieren hacer con nosotros

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lunes, junio 29, 2009

Rehab

A veces siento que soy Amy Winehouse y me acabo de tomar hasta el agua de los floreros

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sábado, junio 20, 2009

Nada es más buscón...

...que terminar un mail o mensaje de texto con puntos suspensivos



(De cosas como esta ya habló una vez mi amiga Luz *)

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lunes, junio 15, 2009

Clasificados

Remato inflador.
Máxima potencia.
Funcionamiento excelente.
Dueña vende por cambio de actividad.

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jueves, mayo 21, 2009

Borrón y cuenta vieja

Me acuerdo cuando empecé séptimo grado en un nuevo colegio. Tenía ganas de otros aires y muchas fantasías esperando por contrastarse con la realidad. Pero por sobre todo tenía la certeza de que lo que me estaba dando la vida era una preciada oportunidad, la carta blanca para reinventarme y aparecer como una diva ante mis flamantes compañeros, con ropa más copada, una personalidad más encantadora y un apodo instaladísimo que me quedara mejor que mi nombre dicho a secas, perdido entre tantos otros nombres en la lista de mi escuela primaria.

Pero la mala noticia me la dio mi ortodoncista: mi dentadura no había reaccionado a los aparatos fijos como lo habíamos esperado, así que iba a tener que dejarme la boca de Robocop durante medio año más. ¡La tragedia! Vi cómo mis planes de ser una versión 2.0 de mi misma se derrumbaban ahí mismo.
A ese primer indicio lo siguieron muchos otros, y entonces me entregué a la certeza de que la historia –cómo toda esa ropa nueva que hasta hacía un rato me había parecido interesante e innovadora– no iba a hacer más que repetirse. Yo venía de una experiencia bastante poco feliz: era varonera, no demasiado femenina y menos diplomática todavía, de manera que las nenas de mi grado me ignoraban convenientemente, mientras que a los varones el cariño genuino que me tenían les quedaba nublado bajo el tremendo pavor de vincularse con una chica con bastantes inquietudes y un incipiente par de tetas. Una primaria de soledad, en fin, que se nutrió de mis manías originales y engendró muchas nuevas, dibujando un historial reproducido hasta el infinito de relaciones problemáticas con los grupos. Probablemente porque fuera una inadaptada, o una inconformista, o simplemente una pendeja insoportable, pero la verdad es que los hechos estaban bien claros, y me revelaban que dónde quisiera que fuera, yo seguiría siendo yo.

Ni en la isla de Lost los fugitivos dejan de escapar, los estafadores de engañar, los cirujanos terminan con su complejo de salvador, ni los torturadores dejan de provocar dolor a sus circunstanciales víctimas. Y esto ocurre porque la tabula rasa es una idea ficticia, que no existe ni ayuda, una mentira que nos decimos a nosotros mismos y les contamos a los demás para creernos el mito del progreso e intentar salir de este delicioso y poético infierno circular que es la propia vida.
Somos, en cambio, un libro lleno de páginas escritas; somos el resultado de nuestra historia. Somos, por sobre todo, autoreferenciales y soñadores ilusos que cometen una y otra vez los mismos errores, pero como adorables estúpidos siguen intentando luchar contra los molinos de viento de su propia existencia.
Estamos empeñados en hacer el borrón, pero la cuenta es siempre vieja.

Escapate todo lo lejos que quieras, pero vas a llevarte a vos mismo en tu mochila. Y entonces el marido que te engaña, te va a seguir cagando, aunque su nueva amante sea pelirroja en vez de morocha; la amiga que habla por atrás dejará de criticarte el culo y se despachará con tu vestido; tu hijo vago lavará la pila de platos, pero dejará toda la grasa pegada; y en tu nueva relación cometerás los mismos errores de la última, como juraste y perjuraste que no te iba a volver a pasar.

Qué se le va a hacer. Acá estamos, somos esto, desde acá trabajamos. Alguien dijo alguna vez que lo que llamamos estilo es la suma de los defectos. Será cuestión de aceptar (que no es lo mismo que resignarse) y dejar de intentar cambiarlo todo.
En lugar de eso, cambiar algo, quedarnos con lo otro, sonreír con brackets, amar con miedo, vincularnos con manías, coger con celulitis. Es eso: no cambiar todo, sino mostrarnos al mundo con todo lo que tenemos, lo terrible y lo hermoso, en fin: lo nuestro.

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sábado, mayo 09, 2009

La elección

La historia empieza más o menos así: estás en la primaria, en clase de educación física. El profe, un simpático animalito de cuerpo torneado, sonrisa dibujada y el concepto pedagógico de un primate, dice que hoy van a jugar un deporte x (pongámosle, pinguibol) y que Pablito y Marianita van a elegir los compañeros para armar los equipos. Está claro que vos no sos ni el uno ni la otra (los datos relevados en forma empírica luego de largos años de exclusiones y poca inteligencia social así me lo indican... y además, vamos, a quién querés engañar, estás leyendo este blog!) así que te dedicás lisa y llanamente a esperar. Durante todo el rato que dura la tortura implorás escuchar el sonido de tu nombre siendo pronunciado por las voces certeras de ellos, los temerarios capitanes, y musitando bajito le pedís a algún diosito de confianza "que no me elijan último, que no me elijan último, que no me elijan último...".

Lo que se sucede más luego no es ni más ni menos que una réplica cruel y deforme de aquella situación iniciática, porque tal como lo dijo Marx, la historia se repite, primero como tragedia y luego como comedia. Con la primaria ya en el más tierno olvido, te pasás el resto de tu vida esperando por las decisiones de los otros. Pendiente, expectante, con el culito fruncido y comiéndote las uñas, a ver si llega ese mail, ese mensaje, si suena ese llamado, si te seleccionan para un trabajo, quedás en un casting, o si tu mamá te quiere. Si el chongo que te gusta te mira a vos o a tu amiga, si el que te dio bola va a quedarse con la llave de tu corazón o con la putita de la ex, si tu novio va al cine con vos o a la cancha con los amigos, si el que se acuesta todas las noches del otro lado de tu cama prefiere hacerte el amor o dormir la siesta.
Esperar, casi toda nuestra existencia es esperar, pero no por el Mesías -que aunque sea algo de poético tiene- sino por toda una serie de ocurrencias terrenales mediadas siempre, pero siempre, por lo que quieren los demás.
Y en ese baile se pasa la vida, mientras vos, inmóvil, seguís siendo ese pre-púber que pide que porfi lo nombren mejor compañero, abanderado, empleado del mes, gerente general o Miss Mundo, alma gemela, amor de mi vida, futuro padre o madre para los hijos de la persona amada, y entonces los declaro marido y mujer.

El que espera y desespera se olvida, pobre, de que antes y después de cualquier decisión de otro, hay siempre una elección propia, enraizada en el devenir de nuestra historia con la firmeza de un árbol viejo y sabio. El que vive como una boya en altamar, pendiente solo de faros ajenos que la enceguecen con su luz esquiva, no se acuerda de que ahora, ya parados muy lejos del patio de la escuela primaria, somos los capitanes, los jugadores y los dueños de la pelota. Este, mis amigos, es nuestro partido. Y los que desde chicos jugamos al pinguibol, pasión de multitudes si las hay, sabemos que la mejor defensa es un buen ataque, que para ganar hay que hacer goles, y que para eso hay que salir a buscar siempre, pase lo que pase, el arco contrario.

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martes, abril 28, 2009

El deseo y el amor

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?
¿Hablamos de flechazos? ¿De cosas que nos pasan sin que podamos evitarlas? ¿De Cupido que nos agarra desprevenidos en el trabajo, en el subte, en una fiesta aburrida, mientras
pensábamos en otra cosa?
Falacias, falacias. Hablar de amor es hablar, antes que nada, de un deseo. De un anhelo profundo y del camino transitado hacia su materialización.
"Yo no buscaba a nadie y te vi" es tan romántico como mentiroso. Porque en realidad es la búsqueda la que habilita la visión, la que nos abre los ojos para mirar y encontrar. La que prende el faro, enciende el radar y agudiza ese instinto que pone los músculos en alerta y nos eriza los pelitos del cuello cuando algo nos mueve el piso.

Fito, yo te banco en todas, pero hacete cargo y cambiá esa letra. Mirá que seré una fan comprensiva, que para hacértela más fácil, te propongo algunas opciones:
Una a prueba de analistas: "Te vi, te vi, te vi, yo inconscientemente estaba buscando a alguien y te vi"
O bien una que ya tiene el alta: "Te vi, te vi, te vi, después de años de terapia estaba listo para contruir algo real y te vi"
Una por conveniencia: "Te vi, te vi, te vi, me quería mudar ya de la casa de mis viejos y no me alcanzaba para pagar un alquiler yo solo y te vi"
La que se hace cargo: "Te vi, te vi, te vi, no me bancaba más estar solo como un perro y te vi"
Y personalmente, la que más me gusta: "Te vi, te vi, te vi, tenía unas ganas bárbaras de dar amor y te vi"

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jueves, abril 23, 2009

Finales, principios

Las manías de Lula dice no al fade out, y se queda sin dudas con el corte directo.
Aunque, bue, a decir verdad, Las manías de Lula prefiere los principios de las canciones, cuando todavía queda todo por (re)descubrir.

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domingo, noviembre 09, 2008

To speak or not to speak

El sexo no es un tiempo para charlar. De hecho, es uno de los pocos momentos en mi demasiado articulada, extremadamente verbal vida, donde es perfectamente apropiado –si no preferible– callarse la boca.
(Miranda Hobbes, Sex and the City)
Esa noche en el bar, él era pura literatura. Era imposible no admirar su forma de conjugar las palabras, el modo preciso pero violento e irreverente en que irrumpían sus ideas, la cadencia de los puntos sobre sus íes, que a esa altura me parecían flores.
Fuimos a un lugar notablemente horrible, pero confié en mi William Shakespeare de copetín, en mi cáustico Manuel Puig, para volverlo poético.
Nos recostamos, y se quedó callado. De repente era pura contención. No más puntos sobre las íes, no más cartas sobre la mesa, no más palabras. Ya no pude leerlo. Se había vuelto para mí un libro cerrado, un enigma cansador e indescifrable.
“El verdadero desafío es el silencio. El vacío que no se puede llenar con palabras”, le dije. Nos dije.
No se si me entendió. No dijo nada.

¿Cómo sería el Marques de Sade en la cama? ¿Le quedaría a Cortázar algo para decirle a una mujer desnuda en sus brazos después del capítulo 7 de Rayuela? ¿Habrán sufrido Elsa Astete Millán o María Kodama alguna vez problemas de índole horizontal? ¿O sería Borges el fervor de Buenos Aires, un laberinto circular, una catarata de variantes amatorias configuradas –como sus escritos– en una sutil arquitectura de mesura y desmesura?

No puedo terminar de decidir si la cama es un campo minado de palabras, o simplemente un campo minado. Supongo que depende de cada guerra, y más aún, de cada guerrero.
La flora y la fauna de esta ciudad dan para todo: están los que hablan, los que te piden que vos les digas algo, los que quieren alguna cosa y sin articular palabra se dan a entender, los que avisan, los que pasan sin dejar rastro, y esos nombres que quedan escritos en el cuerpo, con tinta invisible e indeleble.
Tal vez el dirty talking es para los más mentales, dueños de cerebros con tanta presencia erótica en el plano horizontal como en el vertical. O será que con el tiempo todos nos liberamos y hacemos lugar entre las sábanas para cualquier tipo de charla.

Pero de todas las charlas, la de después de es la más difícil. Allí es cuando, a veces, uno se contiene de decir las cosas realmente pornográficas, las palabras deliberadamente obscenas.

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miércoles, octubre 15, 2008

El perreo y el amor

Hay una verdad no siempre dicha por los estudiosos de la compleja ciencia del amor y las relaciones humanas: el aprecio y el interés romántico por un potencial candidato tienden a ser inversamente proporcionales a la consideración que el mismo tenga para con el sujeto de observación. O sea, cuánto peor el maltratador, más suben sus chances de ser objeto de afecto. Y también del otro lado: más te tratan como perro, más movés la cola para que te saquen a pasear.

Muchas canciones confirman la teoría. ¿Quién puede ser más abonado al sufrimiento que un artista? Algunos, hasta que dejaron el vicio, se enamoraron y tuvieron hijos, supieron ser bastante recurrentes con el tema. “Contigo sólo puedo perder, tu me estás atrapando otra vez. Y aunque alguien me advirtió, nunca dije que no, y ahora tengo que esconder las heridas. Y ese pulso que jugué, porque quise lo perdí...” O también: “La última vez que te vi terminé bastante mal. Mis amigos me dijeron no te enamores la primera vez, y no les hice caso… Pero igual, enganchate conmigo”.
Hasta lo dijeron con palabras de otros, pidiendo al mozo: “sírvame la copa rota, sírvame que me destroza esta fiebre de obsesión. Mozo, sírvame la copa rota, quiero sangrar gota a gota el veneno de su amor”.

La verdad es que no inventaron nada nuevo: el tango ya lloró mil veces por amor; borracho, solo y traicionado en la puerta de la milonga.
Pero lo cierto es que no hace falta ser malevo, ni argentino, para esperar “bajo la lluvia dos horas, mil horas, como un perro”. Alcanza con sentir algo, con estar vivo.

Tomemos si no un hitazo del reggeatón, síntesis perfecta entre el perreo y el amor:

Ella me levantó (Daddy Yankee)

Tu me dejaste caer

pero ella me levantó
llámale poca mujer
pero ella me levantó

Me fallaste, abusaste, vacilaste, ella me revivió

me dejaste, te bullaste, ahora es tarde, ella me rescató

Limpió mis heridas a tiempo

sanó todo mi sufrimiento
por más que me llores no pienso romper
con esa nena que me dice papi te quiero

Llora nena, llora llora

viste ma cómo son las cosas
llora nena, llora llora
dime tu quien se ríe ahora

Llora nena, llora llora

las que juegan se quedan solas
llora nena, llora llora
y ese cuento no pasa de moda

Te quise más que al mismo cielo,
tu eras mi vida ma
te quise mas que a las estrellas
lo nuestro lo echaste por suelo, por el piso ma
me levantó la mano de ella

Tu te fuiste y me dejaste
y me tiraste por el suelo
pero ella me levantó
me dejaste tirado como un perro muerto
pero ella me levantó

Llora nena, llora llora

El concepto es clarísimo:
Todo bien flaco. Yo soy una mierda. Ella es un amor. Yo te cagué la vida. Ella te levantó.
Pero la canción me la estás escribiendo a mí.

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